Diez Años de (la revista) The Funambulist: introducción
Léopold Lambert
Traducido del inglés por Felipe Guerra Arjona, Valentina Sarmiento Cruz y María Vignau Loría

Bienvenides a este número tan especial, el 61, de The Funambulist, que propone una introspección tras diez viajes completos de la revista alrededor del sol. Como explicaré más adelante en esta introducción, este número no pretende ser autocomplaciente, o al menos no solo eso. Para mí, ser autocomplaciente implicaría en cierto modo poner punto final a este esfuerzo editorial, ¡cuando en realidad acabamos de empezar! Aprendemos sobre la marcha, siempre que nos tomemos el tiempo necesario para estar dispuestes a ello, por lo que este número es una oportunidad para hacer una pausa y reflexionar sobre lo que hemos hecho bien, pero, lo que es más importante, sobre lo que no he hecho lo suficientemente bien. Pero antes de entrar en materia, permítanme utilizar este espacio para contar la historia de The Funambulist a través de mis propios recuerdos.

El 13 de agosto de 2015, en la sede de e-flux en el Lower East Side de Nueva York, me reuní con las primeras colaboradoras y amigas Sadia Shirazi, Olivia Ahn y Minh-Ha T. Pham para presentar el primer número de la revista, Militarized Cities. Para ese momento, la revista ya tenía su sede en París, pero después de cinco años en Nueva York, era importante para mí lanzar este nuevo proyecto con la comunidad con la que había crecido su espíritu en los años previos a París. De hecho, aunque la revista The Funambulist cumple hoy diez años, la plataforma editorial es mucho más antigua. En septiembre de 2007, durante mi último año de estudios de arquitectura en París, mis amigos Martin Le Bourgeois y Martial Marquet me invitaron a unirme a ellos para escribir algunas entradas en el blog que habían creado para les estudiantes de primer año de nuestra escuela. Algunes de les primeres lectores quizá sonrían al recordar este antecesor de la revista, titulado Boîte à Outils (caja de herramientas), que rápidamente traspasó las fronteras de nuestra escuela y, al hacerlo, pasó rápidamente del francés al inglés. Martin y Martial eran asistentes de profesores en nuestra escuela, mientras que mi pasantía de tiempo completo me impedían dedicarme a la docencia. Así, encontré en este pequeño blog un espacio para satisfacer lo que entonces era una pulsión pedagógica, y me involucré con mucho entusiasmo con este formato.
En aquella época, la disciplina de la arquitectura estaba muy centrada en un proceso de «estrellato» que llevó a muches arquitectes a beneficiarse de la lógica del capitalismo globalizador, alcanzando fama más allá de su campo. Las cuestiones relativas a la responsabilidad política de les arquitectes por su complicidad en diversos regímenes de dominación (capitalismo racial, heteropatriarcado, capacitismo, carcelarismo, colonialismo…) quedaban marginadas, normalmente más por indiferencia que por hostilidad. En aquel momento, había ya dos excepciones notables, en mi opinión: el trabajo de Eyal Weizman, que ya había publicado A Civilian Occupation (con Rafi Segal, 2005) y la influyente Hollow Land (2007), así como el blog Subtopia de Bryan Finoki. Ambos proyectos eran implacables a la hora de responsabilizar a la arquitectura por sus complicidades, en particular con el régimen colonialista israelí en Palestina. En 2007, Sandi Hilal, Alessandro Petti y Eyal crearon la Decolonizing Architecture Art Residency (DAAR) [Residencia artística descolonizando la arquitectura], junto con la agencia de investigación Forensic Architecture (creada dos años más tarde por Eyal), que ha forjado una nueva generación de arquitectes que ponen sus habilidades al servicio de la denuncia del papel que desempeña la arquitectura en el colonialismo.
Por supuesto, estas referencias son de mi propio imaginario de entonces y no deben considerarse en modo alguno una historicización objetiva de cómo se politizó la disciplina de la arquitectura. Tenía acceso a las personas mencionadas anteriormente y trataba de pensar con ellas porque utilizaban la infraestructura europea y norteamericana de producción y difusión del conocimiento, aunque es importante señalar que Sandi y Alessandro vivían en Beit Sahour, Palestina. No hay duda de que muches arquitectes de todo el mundo que no tenían acceso a esta infraestructura estaban trabajando en investigaciones y proyectos igualmente pioneros.

A partir del breve periodo que viví en Bombay en 2009, pude diversificar ligeramente este imaginario, al igual que mi mudanza a Nueva York a finales de ese año. En 2010, pusimos fin a Boîte à Outils y empecé The Funambulist como continuación de este esfuerzo. La disciplina de la arquitectura seguía centrada en gran medida en la noción de autoría despolitizada y las fotos o representaciones de nuevos proyectos arquitectónicos se consumían con avidez en sitios web especializados. Recuerdo que me comprometí a hacer el blog aburrido para les consumidores que tenían una capacidad de atención de cinco segundos, dando prioridad al texto sobre las imágenes. En aquel entonces, el proyecto todavía estaba muy dirigido a un público arquitectónico —aunque el descaro de publicar tres o cuatro textos de opinión de 800 palabras a la semana es característico de la confianza propia del hombre blanco— nunca pensé ni por un minuto que les no-arquitectes pudieran tener algún interés en estas ideas a medio articular. La creación de The Funambulist es concomitante con la redacción de mi primer libro, publicado por los espíritus afines Ethel Baraona Pohl y César Reyes Nájera, Weaponized Architecture: The Impossibility of Innocence [La arquitectura como arma: la imposibilidad de la inocencia], sobre la violencia de la arquitectura y su instrumentalización política, en particular en Palestina. Para entonces, gracias a la generación anterior a la mía, el proceso de politización de la arquitectura era evidente, aunque todavía marginal.
Los años 2011-2015 fueron en cierto modo un punto de inflexión. Las revoluciones de 2011 en Túnez, Egipto, Siria, Yemen y Bahréin, así como el movimiento Occupy en Estados Unidos y Gran Bretaña, y el Movimiento 15-M en España, centraron la política espacial de una manera que se percibía diferente. Para mí, eso significaba que The Funambulist debía involucrarse menos en la politización de la arquitectura y más en la espacialización de la política. Tengo que agradecer a les editores y colaboradores de la plataforma Critical Legal Thinking, fundada en 2009 por Gilbert Leung e Illan Rua Wall, por incluirme generosamente en sus conversaciones: pensar en el espacio, la política y el derecho me parecía un marco productivo. En aquel entonces, los textos que escribía para The Funambulist y otros medios los hacía en las tardes y los fines de semana, es decir, en mi tiempo libre fuera de mi trabajo de tiempo completo en una oficina de arquitectura. En 2013, este tiempo de repente aumentó drásticamente, ya que me despidieron de ese mismo trabajo. Después de conseguir mi visa —estaré eternamente agradecido a Sunil Bald y Yolande Daniels por su ayuda— y de empezar a trabajar medio tiempo con una de mis mentoras, Madeline Gins, puse en marcha un podcast. En ese momento se llamaba Archipelago; hoy es simplemente The Funambulist Podcast. Su objetivo era multiplicar las líneas de aprendizaje y asociar la política del espacio con la política de les cuerpes, un tema en el que yo aún tenía muchas carencias. En este sentido, estoy inmensamente agradecido con las personas que entrevisté, que pasaron por alto estas carencias y tuvieron la paciencia de desplegar su brillantez. Al escribir esto, recuerdo claramente las grabaciones de los episodios con Mimi Thi Nguyen, Sophia Azeb, Donna Murch o Miriam Ticktin, cuyas obras siguen conmigo hoy en día; ¡Sophia incluso se convertiría en nuestra colaboradora más habitual!

Así se construyó una comunidad de colaboradores (y potenciales colaboradores) en torno a «la política del espacio y les cuerpes», que sería el subtítulo de la revista The Funambulist. Este nuevo proyecto surgió cuando, al regresar a París, intentaba encontrar una forma de dedicarme tiempo completo a este proyecto. Tal iniciativa requería un modelo económico y, relativamente pronto, la revista surgió como la opción más prometedora. El modelo de negocio se basó decididamente en la idea de las suscripciones, tanto por la estabilidad económica que aportaría al proyecto —evitando el estrés de preguntarse si un número «se vendería» más que otro— como por el apoyo explícito que una suscripción permite manifestar a les lectores. Tras siete años reuniendo público, la revista consiguió rápidamente su propia financiación, incluido mi salario. El ritmo de crecimiento de las suscripciones ha sido lento pero muy constante a lo largo de la última década (3750 en inglés, 600 en francés y 70 en español en julio de 2025), lo que nos permite sentir tranquilidad sobre el futuro inmediato de la revista.
A partir de 2017, pude cambiar el «yo» por un «nosotres», ya que otras personas se incorporaron medio tiempo a la revista, una tras otra: Noelle Geller, Flora Hergon, Nadia El Hakim, Margarida Nzuzi Waco y Caroline Honorien. En 2021, la revista estaba lista para contratar a su primera empleada de tiempo completo, nuestra querida jefa de comunicación, Shivangi Mariam Raj. Poco antes de mi licencia de paternidad de dos meses, Zoé Samudzi me sustituyó y editó de forma brillante nuestro número 37, «Contra el genocidio» (septiembre–octubre de 2021). Gracias a esta experiencia, Zoé es ahora la amiga que mejor me entiende cuando le cuento historias de personas colaboradoras comprometidas que se echan atrás de último momento o, lo que es aún más estresante, que me ignoran hasta que finalmente tengo que pasar de página y buscar a alguien que les sustituya.
Zoé y muches otres (Anaïs Duong-Pedica, Hajer Ben Boubaker, Joao Gabriel, Sinthujan Varatharajah, Ana Naomi de Sousa, Karim Kattan, por nombrar solo a algunes) han sido fundamentales en la elaboración de la línea editorial de la revista, no solo por sus contribuciones textuales, sino también por nuestros intercambios regulares (semanalmente con algunes de elles).

Entre 2019 y 2024, les integrantes actuales y anteriores del equipo se reunieron una vez al año durante dos días para reflexionar sobre cómo mejorar la revista y pensar juntes en proyectos futuros. Uno de los deseos colectivos recurrentes era publicar la revista en otros idiomas además del inglés. Si soy sincero, en aquel momento la idea me pareció atractiva, pero la consideré más bien una fantasía: ¿cómo íbamos a encontrar el dinero suficiente para conseguir tal objetivo? En otoño de 2022, una comida en Nueva York con mis amigues Ruthie y Craig Gilmore dio lugar a una solución: ¿y si el modelo económico de cada versión lingüística consistiera en que cada una pagara sus costes adicionales (traducción, impresión, distribución)? Otra idea importante para hacer realidad este proyecto consistía en diseñar la maquetación de la revista de tal manera que solo fuera necesario cambiar la plancha negra de la impresión offset entre las distintas versiones, mientras que las planchas cian, magenta y amarilla permanecerían iguales. En términos operativos, esto significaba que todas las fotos, dibujos o, en general, cualquier elemento que no fuera tinta negra sobre papel blanco, debía permanecer escrupulosamente igual en las distintas versiones de la revista. Si hojeas las páginas de este número, verás que (aparte de la portada) todo el texto está escrito en negro y ninguno de ellos aparece sobre fondos de colores; el ejemplo más ilustrativo de este número sería la novela gráfica de Nicolás Verdejo, que tuvo que adaptarse a este modelo para poder existir en tres idiomas.
Un año después de la idea inicial, el proyecto se hizo realidad con la publicación del número 50 (noviembre-diciembre de 2023) en inglés y francés por primera vez, gracias al minucioso trabajo de traducción de Virginie Bobin, Rosanna Puyol Boralevi y Caroline Honorien, a las que más tarde se unieron Amina Belghiti y Line Ajan. En seis meses, alcanzamos los 500 suscriptores impresos necesarios para alcanzar el umbral de rentabilidad, y la versión francófona de la revista se volvió algo sostenible a través del tiempo. En noviembre de 2024, tras una visita preparatoria a México, lanzamos una versión hispanohablante traducida por Valentina Sarmiento Cruz y María Vignau Loría, que viven en la Ciudad de México, y Felipe Guerra Arjona, en Medellín. Estas tres versiones nos permitieron encargar más textos en francés y español, ya que se presupuestan dos traducciones por contribución, independientemente del idioma en el que esté escrita.
Como hemos dicho a menudo al hablar de este proyecto plurilingüe, las lenguas que tenemos en mente para él (inglés, francés, español, árabe, portugués, hindi…) son todas lenguas hegemónicas que se impusieron mediante diversas formas de coacción. Por lo tanto, es importante equilibrar este esfuerzo con otras lenguas «no hegemónicas». En este sentido, uno de mis números favoritos sigue siendo el 53 (mayo-junio de 2024), Threads of Translations, que incluía un texto escrito en ayuujk por Yásnaya Elena Aguilar Gil, traducido al albanés, armenio, bahasa indonesio, bambara, vasco, bosnio, criollo guyanés, criollo haitiano, hausa, hawaiano, inuktitut, irlandés, koshur, kikongo, kurdo, laosiano, mapuche, criollo mauriciano, maya, mongol, quechua, romaní, shona, somalí, swahili, tagalo, tamazight, tamil y uzbeko. Este número no fue un éxito comercial rotundo, ya que probablemente mucha gente pensó que había mejores formas de gastar su dinero que comprando un número con el mismo texto escrito 30 veces en idiomas que en su mayoría no podían leer. Pero aquí es donde el modelo económico de la revista, basado en suscripciones, también demuestra su gran utilidad.
Al suscribirse, les lectores aceptan confiar en nuestra selección editorial y recibir números que quizá no habrían pedido individualmente. Hay que valorar la belleza de este modelo: significa que, cuando pienso en el tema de un número futuro, en ningún momento me planteo si «funcionará» o no. Esto ha permitido que existan números dedicados a la Revolución Argelina, al subcontinente indio (editado con Shivangi Mariam Raj) o incluso uno para un público de entre 8 y 14 años, sin temor a que un enfoque tan específico pudiera comprometer la salud económica de la revista, aunque hay que señalar que el número sobre el subcontinente indio fue un éxito rotundo.

A finales de 2024, el equipo se amplió con la incorporación de nuestra directora de oficina, Assia Tamerdjent, y Sofía Kourí, que se encargó de la comunicación en español durante medio año, antes de que Daniela Páez Delvasto tomara estas tareas. El trabajo de tiempo completo en la oficina consiste en 32 horas semanales repartidas en cuatro días, con la esperanza de ser un ejemplo frente a los trabajos que justifican largas horas extras sin remuneración para supuestamente servir a un ideal más amplio (irónicamente, el del fin de la explotación), o frente a la idea de que los trabajos «apasionados» no cuentan las horas de trabajo de la misma manera que los que sirven para pagar el alquiler. Hay que reconocer que yo no aplico tan bien estos principios en mi propia vida (aunque ser padre me ha ayudado a hacerlo mejor), lo cual me viene a la mente mientras escribo estas palabras desde la oficina… en sábado. También sé que establecer las estructuras adecuadas para las personas que trabajan contigo no garantiza un entorno de trabajo cómodo y sin presiones. El cansancio, el estrés, la frustración ocasional y las consideraciones egocéntricas pueden convertirte fácilmente en alguien con quien no es tan agradable trabajar. El reto es entonces ser responsable de ello…
Terminaré este repaso de la última década con nuestra iniciativa más reciente (apoyada en parte por The Graham Foundation), The Funambulist Constellations, que reunió a tres de nuestres colaboradores más lejanes (Harsha Walia, Leigh-Ann Naidoo y Lina Attalah) junto con siete de nuestres colaboradores que viven en Francia (Sihame Assbague, Meryem-Bahia Arfaoui, Hajer Ben Boubaker, Dawud Bumaye, Suvetha Suthan, Marie Ranjanoro y Amzat Boukari-Yabara) con el fin de crear vínculos y solidaridades futuras entre las comunidades con las que trabajan y el movimiento antirracista en Francia. Veinte años después de los levantamientos de los suburbios de 2005 tras la muerte de los adolescentes Bouna Traoré y Zyed Benna, y dos años después del asesinato policial del joven de 17 años Nahel Merzouk, pasamos un día juntes entre Clichy-sous-Bois y Nanterre conversando con organizadores locales. Animados por las relaciones creadas ese primer día, invitamos al público a unirse a nosotres en DOC (una casa okupa en la periferia de la Place des Fêtes de París) para compartir dos días de talleres, comidas colectivas y debates públicos. Nuestro objetivo era crear vínculos, y los creamos.
Puntos ciegos y deficiencias editoriales ///
Como mencioné al principio de este texto, este número es ante todo introspectivo, examina lo que hubiera podido hacerse mejor en los últimos diez años. Con esto no pretendo hacer auto-lamentaciones ni autocrítica ideológica. Se trata simplemente de rendir cuentas de los estándares y objetivos que nos hemos fijado para este proyecto. Por ejemplo, uno de estos objetivos es el compromiso con el internacionalismo. Por un lado, la línea editorial se beneficia de la relativa facilidad, determinada estructuralmente (por motivos administrativos y financieros), que tengo para viajar y entablar relaciones con comunidades en lucha en todo el mundo. Esto puede explicar la centralidad de Estados Unidos, Palestina, Sudáfrica, India, Argelia, México, Japón o Kanaky en la revista, por ejemplo (un tercio de lo que publicamos tiene que ver con estas ocho geografías), lo que contribuye a un internacionalismo tangible, y no uno abstracto. Este internacionalismo también se nutre de encuentros enriquecedores con compañeres y amigues de Armenia, Tamil Eelam, Hawái, Kurdistán, Zimbabue, Guatemala, Puerto Rico o Madagascar, por citar solo una pequeña parte de las geografías adicionales (que no he tenido la oportunidad de visitar) movilizadas en la línea editorial de la revista. Por otro lado, la excesiva dependencia de mis propios imaginarios políticos significa que mis propios puntos ciegos y deficiencias se convierten en los de la revista misma.

Estos puntos ciegos son de dos tipos: los desconocidos conocidos y los desconocidos desconocidos. De estos últimos, solo sé que son una multitud y que, a veces, a través del encuentro con una idea, un texto, un movimiento, una persona… se entra en el ámbito de los desconocidos conocidos, es decir, en regiones del conocimiento que puedo identificar como fundamentalmente ajenas a mi imaginario y a mi conocimiento. A partir de ahí, la necesidad de encontrar puertas de entrada se hace más urgente, pero mi compromiso con les lectores de la revista es no encargar nunca un artículo por el simple hecho de cumplir con un requisito. Un tema está listo para ser tratado en la revista cuando siento que tenemos a la persona adecuada a quien encargárselo y una pregunta editorial interesante que hacerle.
En el pasado, seguimos este proceso al reflexionar sobre la resistencia armenia (en particular durante la segunda guerra de Artsaj de 2020 para resistir la limpieza étnica del ejército azerbaiyano respaldado por Turquía), sobre si el colonialismo era el marco adecuado para analizar las invasiones y la ocupación rusas en el Cáucaso, Crimea y muchas partes de Siberia. También cuando se trataba de determinar una forma útil de leer la complejidad de la guerra en Kivu, entendiendo la responsabilidad del Estado cubano en las dificultades que sufre su pueblo, y cuando se analizaba la aparente contradicción entre nación y praxis descolonial en Abya Yala.

Hasta ahora, he hablado de los puntos ciegos estrictamente en términos geográficos, como si la distancia tuviera necesariamente algo que ver con ellos. Sin embargo, a menudo consisten principalmente en una cuadrícula de lectura que falta en nuestros análisis. En este número, les pedimos a diez lectores fieles que fungieran como editores invitades y abordaran un punto ciego concreto que hayan identificado en la línea editorial de la revista, encargando y editando un texto al respecto. Algunas de las contribuciones surgidas de este proceso muestran claramente que los puntos ciegos no tienen por qué pensarse solo en términos geográficos: de hecho, cuestiones como el capacitismo, el replanteamiento de la autoría, la adopción internacional, la maternidad o la organización contra la violencia obstétrica y ginecológica rara vez, o nunca, se han tratado en los sesenta números de la revista. Los artículos incluidos en este número no pretenden, por supuesto, cubrir estos vacíos en la línea editorial de la revista, sino más bien revelar algunos de ellos para así seguir aprendiendo y desaprendiendo en nuestro camino.

Sin embargo, darse cuenta de cuáles son nuestros puntos ciegos no es suficiente para reflexionar críticamente sobre la línea editorial de la revista. Pensar lo contrario sugeriría que lo que no puede considerarse un punto ciego es siempre algo bien entendido y abordado adecuadamente. Por supuesto, las cosas nunca funcionan así. Nuestros mejores artículos surgen de largas conversaciones con les autores, que escuchan la comisión editorial detrás de la comisión y la enriquecen con su propia «experiencia» (a falta de una palabra mejor). Uno de mis ejemplos favoritos es el trabajo editorial realizado con Floridalma Boj López para su texto «Naming, a Coming Home: Latinidad and Indigeneity in the Settler Colony» [Nombrar, un Regreso a Casa: Latinidad e Indigeneidad en la colonia de ocupación], publicado en nuestro número 41 (mayo-junio de 2022), titulado Decentering the US (Descentrando a Estados Unidos). Mi encargo original a Flori se basaba en una intuición (alimentada por conversaciones y lecturas) que podría resumirse así: ¿podríamos decir que el concepto de latinidad encarna una noción centrada en Estados Unidos que aplana todas las distinciones entre las personas originarias de la frontera colonial del sur? ¿No deberíamos, en cambio, insistir en la Indigeneidad de las personas que son las más afectadas por el régimen fronterizo estadounidense? Se trataba de una invitación a leer a Estados Unidos no solo como una colonia de ocupación en lo que respecta a la tierra en sí, sino también como una fortaleza colonial cuyo régimen fronterizo supone un obstáculo militarizado y mortal para las personas Indígenas mesoamericanas en su migración continental practicada desde tiempos inmemoriales. Flori, ella misma una persona maya de Guatemala que vive al norte de la frontera colonial en Los Ángeles, se tomó muy en serio este encargo y mi intuición, pero escribió el texto con un matiz y detalle significativamente mayor. En octubre de 2023, Flori tuvo la amabilidad de visitarme en Boyle Heights, el conocido barrio chicano del este de Los Ángeles, y me mostró algunas de las formas en que algunes de sus habitantes reivindican su identidad Indígena. Esto se manifiesta en particular en el desarrollo de una mitología en torno a la gloria precolonial mexica, independientemente de si las personas tienen realmente ascendencia mexica y, lo que es más importante, sin tener en cuenta la dimensión imperial de la dominación mexica durante el siglo XV en una región que abarca gran parte de la mitad sur de México actual. Por lo tanto, esta presencia de la identidad Indígena en la identidad política de las personas era algo que podía cuestionarse y debatirse.

Utilizo esta historia concreta como ejemplo de la necesidad editorial de cuestionar siempre nuestras certezas, e incluso nuestras intuiciones, así como de aceptar que las buenas intuiciones pueden encarnar algo bastante obvio para muchas personas. La realidad política que describen estas certezas e intuiciones, aunque posiblemente sean acertadas, a menudo carece de un mayor grado de complejidad. Tomarse en serio esta complejidad es una condición sine qua non para alcanzar un ambicioso objetivo editorial que consiste en publicar contribuciones que tengan el mismo valor para las personas alejadas de la situación que describen y para las personas que están inmersas en esa misma realidad política. Ese es el espíritu del internacionalismo. En última instancia, como he descrito muchas veces, un enfoque saludable del conocimiento puede resumirse en «comprender que no comprendemos» o «comprender cuánto no comprendemos». Sé que esta brújula me ayuda cada día y veo en ella una buena forma de terminar este texto, aunque no sin antes dar las gracias a todas y cada una de las personas que han apoyado la revista durante estos diez años, con un agradecimiento especial a las pocas docenas de suscriptores que no se han perdido ni un solo número desde el principio. A los muchos nombres citados en esta introducción, me gustaría añadir a nuestra editora, Carol Que, a nuestras «consultoras» habituales Anaïs Antonio y Suzanne Labourie, nuestra traductora habitual del francés al inglés, Chanelle Adams, así como a nuestres siete anteriores becaries entre 2018 y 2024, Tomi Seji Laja, Ella Martin-Gachot, Sara Clark, Amel Hadj Hassen, Mika Yassur, Charlotte Sohst y Noëlle Maltet. ¡Disfruten la lectura! ■